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20 años sin Soledad y en soledad PDF Imprimir Escribir un correo electrónico
Noticias - Sociedad
Martes 07 de Septiembre de 2010 18:20
Cuando el 10 de septiembre de 1990 tres obreros de Vialidad encontraron el cuerpo mutilado hasta el hartazgo de María Soledad Morales, no se imaginaron que eran los artífices de una historia siniestra que aún no termina. Esos obreros tienen nombres, pero nadie los recuerda.
Y no por capricho. Simplemente porque son los personajes más limpios, menos involucrados, casi ausentes de la saga que terminó con una forma de ser catamarqueño: la del miedo, la de la impunidad, la del no te metás.

María Soledad, o Sole, como la llamaban sus amigas, fue asesinada, en la madrugada del 7 al 8 de septiembre en circunstancias que aún se ignoran.

Se habló de una fiesta negra, de droga que corría como el agua, de personajes del poder directamente involucrados y de un encubrimiento feroz por parte de la clase política que cayó herida de muerte para no poder volver a levantarse. Al menos no como antes. Al menos por ahora.

Fue de madrugada. María Soledad había organizado, junto a varias compañeras, una fiesta del colegio del Carmen y San José en la boite Le F eu Rouge en la que se elegía a la Reina de la Primavera.

Ella esperaba esa noche, como tantas otras veces, que su amante, Luis Tula, la pasara a buscar a la salida. Sole sabía que "el flaco", tal como se lo conocía en San Fernando del Valle, era un hombre casado, en secreto, con una chica de la sociedad catamarqueña: su archirrival Ruth Salazar.

Pero lo quería. En sus elementales versos escritos en la humilde vivienda de Valle Viejo, María Soledad daba cuenta de ese amor que parecía secarle el alma.

Por eso, la noche fatídica, ella aguardó un largo rato en la parada de colectivos de la calle Maipú a que Tula la pasara a buscar.

Lo había visto minutos antes. habían hablado, pero él prefirió irse en su auto sin dar muchas explicaciones.

Soledad se despidió de Alejandra Olivera y el novio, y quedó sola, parada en la calle Maipú, cerca de las 3 de la madrugada. Nunca se supo qué le pasó a la adolescente hasta que fue encontrada el lunes 10, en un chiquero cercano a su casa.

Los cerdos ya habían mordido parte de su cuerpo. Quienes la habían arrojado allí ya empezaban a gozar de la impunidad que tienen hasta hoy.

Hubo testigos que vieron pasar a Tula por la parada del colectivo de la calle Maipú más o menos a la hora en que Sole esperaba en ese lugar.

Hubo testigos que dijeron tantas cosas. Pero nadie pudo afirmar que la vio subir a su auto. Nadie, hasta el día de hoy, pasados veinte años, puede afirmar nada. Salvo que María Soledad fue muerta y mutilada.

Los asesinos

Pero para los primeros investigadores, la suerte estaba echada. La policía sostuvo, con criterio tal vez torpe, que el asesino había sido el último que vio con vida a la víctima. Por eso el mismo lunes, Tula fue detenido.

Un día antes, la misma policía había allanado el boliche Clivus en busca de pruebas. Por entonces ya los rumores eran incesantes: María Soledad había sido vista en ese lugar bailable mucho después de las cuatro de la madrugada y acompañada por alguien.

Durante la investigación, ese "alguien" fue alternativamente Luis Tula o Guillermo Luque. Ellos juran que no se conocen. El hijo del ex diputado purgó durante un tiempo la culpa de ser el hijo del poder (¿o el asesino?) en una cárcel catamarqueña,en la que tomaba sol en una reposera.

Tula, sindicado por algunos de los investigadores como el "entregador" de Sole a quienes terminaron asesinándola, terminó divorciado de la llamativa Ruth Salazar.

Los mellizos Jalil y Arnoldito Saadi, tres hijos del poder y sospechosos del crimen, nunca estuvieron detenidos: sólo fueron indagados por la larga sucesión de jueces que indefectiblemente renunciaron a seguir con semejante bomba de tiempo en las manos.

Y la bomba estalló. Estalló en las manos de Ramón Saadi cuando fue intervenida la provincia por orden de su amigo, el presidente Carlos Menem.

Estalló porque ese gobierno no podía soportar una marcha de silencio más. Estalló porque el estoicismo y los pequeños pasitos de la hermana Martha Pelloni cada jueves hasta la Catedral, venció los años de amiguismo político, de impunidad a la sombra del poder.

Estalló porque el cadáver de María Soledad era demasiado para ese pueblo chico. Estaba espantosamente mutilado y, como dijeron sus propias amigas, "nos podría haber pasado a cualquiera" y reaccionaron, en silencio, caminando por la ciudad y denunciando los abusos de poder por parte de gobierno de turno.

A seis años de la muerte de Sole, su memoria no descansa en paz. El monumento que le levantaron a metros del lugar donde fue encontrada hace milagros entre los catamarqueños. Las doñas del lugar juran que "si le rezás, la santita te concede lo que quieras".

En tanto, todo un pueblo pide justicia y nadie olvidará jamás la noche del 7 al 8 de septiembre de 1990 cuando María Soledad Morales desapareció de la vida de la ciudad para convertirse en un mito.


Ada la mama de Maria Soledad relata: "Parece que fue ayer cuando la despedí. Todavía me acuerdo de su imagen, con el pelo largo, con su jean y una polera negra. Le habíamos dado permiso para que se quedara a dormir en la casa de una compañera, Marisa Tula, que nada tiene que ver con Luis Tula, después del baile en Le Feu Rouge, porque las chicas organizaron la fiesta para pagarles el viaje de egresadas a cinco alumnas que no podían costearse los gastos. Entre ellas estaba Sole".

"El otro día me encontré los recibos de pago de aquel viaje mientras acomodaba sus cosas y no aguanté, me puse a llorar toda la noche",

Ada Rizzardo, docente de profesión, ahora vive dedicada a sus seis hijos y sus dos nietos, Agustín, de cuatro años, y Gabriel, de ocho meses. "Ellos son mi luz y mi alegría estos días", dice, y vuelve a recordar:"Todo el fin de semana habían estado buscando a Sole, pero el lunes 10 de septiembre, a las 10 de la mañana, salí a la puerta de casa porque fui a recibir a unos alumnos que venían para que les diera clase.

"Al mismo tiempo, llegó un patrullero y un policía me avisó que encontraron el cuerpo de una chica junto al puente del río del Valle. Me hicieron sentir muy mal, como si fuera la culpable de lo que pasó. Entonces me ordenaron, de mala manera, que fuera a la morgue a reconocer el cuerpo de mi hija." Casi seis años después se ventilaron todos y cada uno de esos momentos. En la audiencia oral y pública que se interrumpió el 1° de abril último más de cien testigos dieron su versión de cómo fueron los últimos minutos de vida de María Soledad y los revivieron.

"En su momento, cuando terminó el juicio, le dije a Elías que no podía más. Habíamos esperado tanto tiempo para que se hiciera justicia, que una vez más nos engañaron, como lo hicieron durante estos seis años. En este tiempo nos mintieron, buscaron de todas formas condenar a las víctimas y a sus familiares, pero no a los asesinos", expresó Ada, que hace cuatro meses tuvo que recibir la ayuda de una psicóloga y de un sacerdote para salir de un profundo estado depresivo.

¿Que paso de alli en mas?
Luis Tula se recibió de abogado en La Rioja y ahora trabaja en los tribunales de Catamarca. “Desde el año ’98 no doy notas”, le dice a Página/12, al rechazar cualquier posibilidad de entrevista. En los tribunales se suele cruzar con el abogado de los Morales, Luis Segura, con quien se saluda, pero nada más. La madre de María Soledad no suele ir muy seguido por la ciudad, pero en una de esas ocasiones se cruzó con “el Tula”.

“Me quedé dura cuando lo vi”, recuerda. “Es horrible encontrarse con el asesino su hija. Cuando me vio, aceleró el auto y se fue.”

Guillermo Luque también sigue viviendo en Catamarca, aunque no se deja ver demasiado por la ciudad. Trabaja en el estudio de su ex cuñado, el ex diputado Oscar Romero, quien estuvo casado con la hermana de Luque. Tiene dos hijos y está separado de su mujer.

Cuando salió de la cárcel con libertad condicional, en abril, anunció que iba a dar una conferencia de prensa pero sólo concedió una entrevista para un medio local. Allí parece darles la razón a aquellos que dicen que su peor enemigo fue su propio padre. “Por el beneficio de mis hijos, he decidido no participar en política”, descartó, como si allí tuviera algún porvenir.

Dicen que vive en la casa de su padre, en el caserón bautizado con el presuntuoso nombre de Puerta de Hierro, apenas a unas diez cuadras de la casa de la familia Morales. El estado de salud de Angel Luque es tan delicado que hay periodistas que revisan cada tanto los avisos fúnebres porque creen que sólo de esa manera se van a enterar de su partida.

Veinte años después del crimen, a doce de la sentencia, la investigación a los cómplices del homicidio y a los encubridores quedó archivada en el cajón de las causas prescriptas. Los observadores hablan de un pacto entre el saadismo y el castillismo (por el ex gobernador del Frente Cívico Oscar Castillo) para lavar una mano con la otra y dejar las cuentas pendientes en fojas cero.

Tal situación le dio pie a Ramón Saadi –por primera vez desde 1983 sin cargos electivos– a reprochar que todas las acusaciones de protección y encubrimiento contra su gobierno fueron infundadas.

El gobernador Brizuela del Moral, ex radical K, ex cobista y ahora afín al alfonsinismo, acaba de lanzarse como precandidato para un tercer mandato. No necesita reformar la Constitución provincial: hará uso, en tal caso, de la que promovió don Vicente Saadi en 1988, cuando soñaba perpetuar su dinastía. “Es la paradoja del saadismo”, dice el periodista local Alberto Avellaneda, director de radio El Ancasti durante el apogeo del caso María Soledad.

Luis Barrionuevo sigue siendo el hombre fuerte del peronismo catamarqueño. En el kirchnerismo local sigue pesando Armando “Bombón” Mercado, el ex marido de Alicia Kirchner. Para completar el espectro, se lanzó como “peronista renovador” Raúl Jalil, hermano de quien fuera intendente saadista de Catamarca y socio propietario del Sanatorio Pasteur.

Ada y Elías Morales, con sus hijos y sus nietos, algunas de las ex compañeras del Colegio del Carmen y con la hermana Martha Pelloni van a recordar a María Soledad este miércoles con una misa en la capilla de Villa Dolores, cerca de la casa de la familia.

Ada se ha convertido en estos años en una militante por las causas que quedan envueltas en la telaraña de la impunidad. “Dentro de mis posibilidades, porque sigo siendo ama de casa y ahora tengo nietos que cuidar”, aclara. Así, ha estado junto con la familia de Sebastián Bordón y Miguel Bru, dos chicos asesinados por la policía, entre otros, y también con las Madres del Dolor. “Estoy mucho tiempo sola. Pero no estoy sola, porque siento que me acompaña mi hija. Ella, que se llama Soledad, es la que me acompaña y me da fuerza. Y entonces, cuando me entero de algún caso, les pido a los periodistas que conozco que me consigan el teléfono de la familia. Me comunico con ellos, les digo que no hay que bajar los brazos, que sigan adelante. Trato de darles fuerzas para que se preparen a escuchar cualquier barbaridad de sus hijos que justifique lo que les pasó. El famoso ‘algo habrá hecho’ que también padecimos nosotros.”